LA PROPAGANDA, UNA MALDICIÓN DEMONÍACA


LA PROPAGANDA, UNA MALDICIÓN DEMONÍACA /

por Antonio MEDRANO

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La propaganda, principal palanca responsable de la politización e ideologización de la vida que actualmente sufrimos, es uno de los peores flagelos que sufre la civilización moderna. Por su deformación fraudulenta de la realidad, por el mensaje falso e inmoral que trasmite, por los bajos instintos que atiza y promueve, por su radical desprecio y hostilidad hacia la verdad, por su continua ofensiva contra la libertad y la intimidad de los seres humanos, por su poder conformador de las mentes y las conciencias, se nos presenta como una terrible palanca de opresión, corrupción y tiranía.

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No se puede entender el mundo o inmundo actual sin dirigir la mirada a este abracadabrante fenómeno civilizatorio, hostil a la auténtica cultura. Nadie podrá captar en toda su amplia envergadura y su honda dimensión la crisis del mundo moderno sin penetrar en los entramados de la todopoderosa maquinaria propagandística cuyos efectos se hacen sentir por doquier, repercutiendo en todos los ámbitos de la existencia. No llegaremos a comprender hasta dónde alcanza la grave decadencia de la moderna civilización occidental, si no nos hemos preocupado de estudiar a fondo la diabólica nigromancia o tenebrosa antialquimia que ejercen en nuestra época los medios de comunicación, de creación y difusión de ideas, de manipulación y adoctrinamiento de las masas.

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La propaganda, con su ariete omnipresente, con su inmenso aparato invasor, constituye una de las más típicas manifestaciones de la sociedad anónima, opresiva, desintegrada, atomizada, niveladora y masificadora, inhumana y antipersonal, inmunda y mundana en la que actualmente vivimos. Por su influencia negativa y su penetración en los niveles más recónditos de la mente, penetración o intrusión a veces subliminal, soterrada y casi imperceptible, actúa como una auténtica metástasis del cuerpo social.

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La propaganda es el instrumento predilecto de las ideologías o religiones laicas y profanas de la era moderna para imponer sus reduccionistas y empobrecedoras interpretaciones de la realidad.

Propaganda e ideología son dos funestas herramientas que marchan al unísono, no pudiendo entenderse la una sin la otra. Ambas nos trasmiten una visión falsa de la realidad, que por ser falsa, irreal, mentirosa y falsificadora, resulta sumamente dañina. Esa visión falsa de la realidad conforma la argamasa de la dictadura o tiranía del pensamiento único que hoy día sufrimos, de la cual todo el mundo protesta y se queja, pero que todo el mundo acepta mansamente, contribuyendo a afianzarla y extenderla (entre otras cosas, mirando y tratando como apestado a quienes se oponen a tal opresión y penuria mental). Cosa que no es de extrañar, pues muy pocos parecen percibir la auténtica dimensión y el verdadero fondo y calado de dicha tiranía mental.

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No creo que sea exagerado afirmar que la todopoderosa maquinaría propagandística, cuyo poder resulta hoy omnímodo gracias a los avances de la moderna tecnología, constituye una de las más funestas maldiciones que hayan caído en los últimos tiempos sobre la Humanidad. Instrumento satánico de corrupción de las almas y de los pueblos, arma todopoderosa del totalitarismo, horma opresiva de las modernas formas de tiranía, duro cincel o hierro de marcar utilizado a discreción por los poderes fácticos que dominan y controlan la sociedad actual, fuerza enemiga de la libertad y la dignidad de la persona humana, atizadora de guerras y genocidios, instigadora de revoluciones sangrientas, la propaganda no hace sino sembrar el caos y el desorden, aun cuando se presente bajo la grata apariencia de instauradora, defensora y protectora de la libertad, el orden, la paz y la justicia.

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La propaganda perturba la vida de las naciones, asfixia y desvirtúa las sanas energías de las naciones, corrompe a los individuos, los grupos y las instituciones sociales. Pocos males habrá que puedan compararse, por su incidencia moral, intelectual, emocional y espiritual, al que supone el poderío invasor de la propaganda.

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Con sus malas artes y sus turbios manejos, con sus mensajes y enfoques simplistas, la propaganda es responsable de muchas de las lacras que hoy sufrimos: la idiotización y cretinización de las masas, el descenso del nivel intelectual de la población, el infantilismo mental del hombre medio hodierno y su brutal ignorancia, la banalización y trivialización de la vida, la pobreza de horizontes de la humanidad actual, la proliferación de engendros anticulturales, la extensión creciente de la demagogia, el fanatismo, el sectarismo y la histeria colectiva. Los tentáculos de la propaganda llegan a todas partes, penetran por doquier, adentrándose hasta los sitios más recónditos e insospechados. Nadie se libra de su presión omnímoda ni de su abrazo asfixiante.

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La propaganda es una auténtica maldición de los tiempos modernos. Una maldición demoníaca o diabólica, porque fomenta lo peor de los seres humanos, atiza y excita los más bajos instintos, despierta y azuza a los demonios que se ocultan en el fondo oscuro del alma humana (los demonios del odio, la envidia, la violencia, el rencor, la ambición, el sectarismo, el fanatismo, el encanallamiento, el ansia de venganza, la furia destructiva), al tiempo que dificulta y hasta impide el acceso a la verdad, que es lo que más necesitan los seres humanos para vivir humanamente, en paz, con dignidad, felicidad y libertad.

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Y es maldición: 1º) porque, usando como principal instrumento el lenguaje, las palabras (incluyendo el lenguaje de las imágenes), mal-dice o dice mal de la realidad, derramando sobre ella el mal y la mentira, en vez de decir el bien y la verdad, en su intento de deformarla y manipularla, para lo cual no le queda otro remedio que usar métodos maldicientes que pervierten y adulteran el lenguaje, corrompiendo ese instrumento tan importante para la vida humana que es la palabra; 2º) porque maldice la realidad, en vez de bendecirla, al hacer que surjan y se expandan en ella energías negativas, nefastas y corrosivas, que la contaminan, la degradan y la endemonian, sacando y fomentando lo peor que hay en ella, todo lo más nocivo, indigno, espurio y venenoso. Profana, viola y prostituye la realidad, en vez de respetarla, sacralizarla, consagrarla y santificarla, haciendo que brote, fluya y se expanda la energía sagrada que forma el hondo entramado de lo real.

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La propaganda es una gran maldición, una maldición demoníaca, porque, al socavar y minar los más altos valores, al asfixiar las mejores energías que están presentes en la existencia y al fomentar e impulsar las peores energías latentes y soterradas en lo real, acarrea y lleva consigo una interminable cadena de consecuencias nefastas, que ella misma se encarga astuta y hábilmente de hacer recaer después sobre los hombros de los adversarios o enemigos que desea desacreditar, aplastar y destruir. Estos son sus frutos, todos ellos cargados de potencia negativa y destructiva: guerras y conflictos bélicos con devastadores efectos; violencia vandálica y barbarie demoledora de todo lo digno y valioso; odio inextinguible (y continuamente alimentado); rencor y resentimiento; fomento intensivo del sectarismo y el fanatismo ideológico; acoso y asedio a los discrepantes o disidentes (que pueden y suelen desembocar en asesinatos y matanzas); revoluciones sangrientas; corrientes virulentas de todo tipo; falsificación de la Historia, distorsión y deformación de los conceptos e ideas más elementales; brutales persecuciones religiosas (y campañas contra la religión, ya sean declaradas y violentas o soterradas y más sibilinas); lucha de clases y de razas; enfrentamiento entre pueblos y naciones; crueles limpiezas étnicas y terribles genocidios.

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La propaganda es un poderoso y eficaz instrumento para la domesticación de los seres humanos, que quedan así a merced de los poderes anónimos que la manejan, esos mismos poderes que controlan o tratan de controlar por todos los medios y de manera absoluta este mundo tan tecnificado, tan globalizado, tan masificado, tan despersonalizado y deshumanizado en el que vivimos. Como bien observara el pensador y pedagogo brasileño Paulo Freire, “una de las grandes tragedias del hombre moderno, si no la mayor, es que hoy, dominado por la fuerza de los mitos [los falsos mitos, habría que puntualizar] y dirigido por la publicidad organizada, ideológica o no, renuncia cada vez más, sin saberlo, a su capacidad de decidir”. De este modo, como indica el citado autor, se ve ahogado en el anonimato, amaestrado y  domesticado, alienado e internamente paralizado, adaptándose mansamente a lo que se le dicta y prescribe.

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No podrá haber reconstrucción intelectual y moral de la Humanidad, ni tampoco revitalización y renovación de la Cultura, en tanto dure la actual tiranía de la propaganda y de los burdos esquemas y formas de pensar –o, para ser más exactos, de pseudopensar o de no pensar en absoluto– impuestos por ella. La salvación de nuestro Mundo, de Europa y de Occidente, no puede venir de la fuente que ha trabajado tan febrilmente en su corrupción y podredumbre.

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Querer construir o reconstruir el mundo, renovarlo o transformarlo de manera radical, sobre la base de las coordenada y los ejes proporcionados por la propaganda, como hoy intenta hacer la inmensa mayoría de movimientos, organizaciones, intelectuales y dirigentes (ya sea en el campo político, social o religioso), es necedad. Necedad… y demencia, locura o vesania, cuando no brutal y cínica inmoralidad. Nada más absurdo que buscar en los guisos y mejunjes cocinados en los fogones propagandísticos el alimento intelectual y emotivo de la propia mente, creyendo con ello tener el sólido fundamento para una profunda visión renovadora de la realidad y de la vida.

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La propaganda, además de sembrar el odio, el resentimiento y el rencor, nubla y entenebrece la inteligencia, ofusca la mente, ciega la razón y debilita o carcome la voluntad, con lo cual no sólo perjudica gravemente nuestras vidas personales, invadiendo de forma tóxica nuestra alma, sino que nos priva de las principales armas de que disponemos para hacer frente a la terrible crisis que atraviesan Europa y el Occidente.

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Todos somos títeres en manos de la propaganda. Lo queramos o no, nos guste o no, sepamos o no verlo, nos demos cuenta o no de ello, lo creamos o nos neguemos a admitirlo, somos víctimas y esclavos del aparato propagandístico (y, obviamente, de los poderes fácticos que lo tienen en sus manos, que lo detentan, monopolizan y dirigen a su conveniencia). Nuestras mentes están irremediablemente conectadas a los terminales propagandísticos, que en esta época de asombroso desarrollo tecnológico llegan a todas partes y tienen un irresistible poder de convicción.

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La gente no se da cuenta de que la mayoría de las ideas y los argumentos que emplea le han sido inculcados por el omnipresente aparato propagandístico, que no se aparta de nosotros ni un momento. Y lo mismo ocurre con los temas o los asuntos sobre los que se habla en general, los cuales son elegidos e impuestos por la propaganda. A nadie se le ocurriría sacar a relucir un tema que ha sido por completo excluido por la propaganda de las informaciones y los debates que son el pan nuestro de cada día. Una cuestión, por muy importante que sea, no interesa si los medios de comunicación no hablan en absoluto sobre ella ni la presentan como actual, de interés palpitante y digna de discusión.

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Estamos mediatizados por la propaganda, de cuyas insidias y mentiras la mayoría de las veces nos resulta casi imposible defendernos, pues no poseemos los medios necesarios para ello: carecemos en muchas ocasiones de la información y la formación indispensables para tener una visión correcta y un juicio cabal de los hechos que se nos presentan; no contamos con datos y parámetros realmente ajustados a la realidad; no disponemos de tiempo, de contactos, de cauces ni de recursos materiales para obtener una información con garantías, con la cual podamos contrarrestar la muy tendenciosa que se nos suministra, ni tampoco disponemos de los conceptos, las ideas y los enfoques que nos permitan adentrarnos intelectualmente en la significación de los acontecimientos e interpretarlos correctamente, sin vernos mediatizados por influencias o presiones externas.

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La propaganda desempeña un papel fundamental en la incubación de nuestras filias y fobias. Tanto aquello de lo que somos partidarios y hacia lo cual sentimos atracción o simpatía, como aquello de lo que nos declaramos enemigos o hacia lo cual sentimos una 3 antipatía y un rechazo visceral, viene todo ello determinado en gran medida por el impacto de la propaganda. Los mensajes, clichés, estereotipos y consignas de la propaganda tienen una influencia decisiva en la configuración de los supuestos mentales, inconscientes y subconscientes, en los que se apoyan nuestras opiniones, convicciones, emociones, reacciones, actitudes, preferencias y decisiones más o menos conscientes.

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La propaganda crea la realidad, esa realidad en la que vivimos a diario y en la que nos sentimos tan a gusto o a disgusto. Sólo vemos y sentimos como real, como realidad verídica, concebible, visible o palpable aquello que nos es trasmitido por la propaganda. Aquello sobre lo cual los centros controladores de la propaganda han decidido no informar o no hablar, no llegará jamás al conocimiento de la población, a la llamada “opinión pública”. Y por tanto, no existe ni ha existido nunca. En el mundo actual únicamente existe aquello de lo que habla la propaganda y que ésta se encarga de difundir, dar a conocer y proclamar a los cuatro vientos. Y además eso únicamente existe tal y como lo presenta la propaganda, bajo el prisma y la perspectiva en que la propaganda nos lo ofrece. Todo lo demás no existe, carece de realidad, no tiene fundamento, es falso y resulta insostenible.

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Y lo mismo ocurre a la inversa. Aquello que jamás ha sucedido, que no ha existido nunca, se convierte en algo con existencia real en la mente de las gentes si la propaganda ha decidido que exista y sea realidad. Por el mero hecho de que la propaganda se haga eco de tal hecho, teoría o suceso, repitiéndolo una y otra vez de manera incesante, lo veremos convertido en una realidad innegable. No importa que se trate de algo totalmente falso, inventado, carente de fundamento y hasta inverosímil o absurdo. Las cosas que la propaganda haya creado de la nada adquieren carta de ciudadanía en el mundo de lo real por el mero hecho de tener el apoyo incondicional de un aparato tan poderoso.

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El impacto de la propaganda hace que demos por supuestas, por verídicas e incontrovertibles, cosas sumamente discutibles y engañosas, cuando no completamente falsas. Nos lleva a tener por realidad generalmente admitida y ver como un axioma o presupuesto mental indiscutible, argumentos, matices, calificativos, criterios o visiones de los hechos que en modo alguno pueden admitirse, que no responden a la realidad y que hay que rechazar de plano. Asumimos y aceptamos como algo evidente ideas, enfoques, juicios o maneras de plantear las cosas que carecen por completo de fundamento, que son simples deformaciones o tergiversaciones de la realidad, construcciones sectarias, tendenciosas y fraudulentas.

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La propaganda convierte la mentira en verdad, con la misma facilidad con la que transforma la verdad en mentira, en algo falso e irreal. Para lo primero, le basta con repetir insistentemente como si fuera verdad la mentira o falsedad que quiere imponer en la mente colectiva. Para lo segundo, tiene suficiente con repetir la mentira contraria a la verdad que se trata de ocultar y destruir, desacreditando al mismo tiempo a quienes intenten mostrar esa verdad molesta, indeseable e inadmisible.

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La información, los datos, los conceptos, las ideas y hasta las palabras que manejamos los recibimos de los medios de comunicación que son precisamente los que nos adoctrinan y dirigen, los que dan uniformidad a nuestras mentes (uniformizando los pensamientos, prejuicios, sentimientos, emociones, deseos y reacciones de la población). Y lo mismo puede decirse de la interpretación de los hechos, doctrinas y sucesos sobre los que se nos informa y se nos mantiene al día.

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Por lo general, creemos pensar lo que a nosotros se nos ha ocurrido y lo que hemos decidido libremente, cuando en realidad estamos pensando lo que otros nos han trasmitido (con la mejor de las intenciones, para nuestro bien, por supuesto). Creemos ser muy originales, y quizá hasta geniales (verdaderos genios del pensamiento y la sabiduría), cuando no hacemos otra cosa que repetir el credo y programa de nuestro amo ignoto (el llamado “Gran Hermano”). No hacemos sino dar cauce en nuestra mente a lo pensado y elaborado en otras instancias, en niveles que se nos escapan y que son incontrolables, y que, todo lo más, nos dejan escoger entre una u otra de las ideas, propuestas o posturas admitidas.

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Salirse de ese carril resulta sumamente complicado y difícil, supone un innegable riesgo, que la mayoría no será precisamente propensa a correr, y exige por otra parte como un enorme esfuerzo, continuado y perseverante, al que muy pocos están dispuestos en esta sociedad tan abúlica, tan conformista, tan proclive a la comodidad y lo fácil, tan propensa a dejarse llevar, a la cual le gusta que se lo den todo hecho y en la que el esfuerzo se halla poco menos que proscrito.

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Quien crea que vive, siente, piensa, opina y juzga al margen de cualquier presión propagandística, es un iluso. Quien sostenga que puede vivir sin verse influido, condicionado y manejado por la propaganda, demuestra no estar muy en sus cabales. Pone en evidencia que no conoce muy bien en qué mundo vive, cuáles son los entresijos y los resortes ocultos que lo mueven, cómo marchan realmente las cosas en esta era crepuscular y cómo funciona la mente humana, así como los niveles de poder alcanzados por la técnica moderna en el control, condicionamiento y manipulación de esa misma mente.

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Es ésta, de la propaganda, un arma tanto más poderosa y oprimente, tanto más eficaz en su acción controladora de las mentes y los ánimos, cuanto menos se percate el público de estar sufriendo su impacto y más convencido esté de no encontrarse a su merced: no ya de hallarse exento de cualquier tipo de manipulación, sino incluso de ser invulnerable a todo posible intento de manipuleo o manejo de su mente distraída, indocta e incauta. Nada más expuesto a convertirse en dócil presa de la propaganda que una mente fatua, superficial, ignorante, inculta, inconsciente y ensoberbecida.

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El mediocre hombre-masa de nuestros días, el individuo ordinario que se cree el reyezuelo de la época presente, que cree que lo sabe todo y que ya no necesita aprender nada, se dice para sus adentros: “¿cómo a mí, ciudadano de una democracia avanzada y moderna, con acceso a una prensa libre y plural, que leo varios periódicos cada día y me trago todos los informativos y debates que se tercien, me va a dirigir y controlar nadie en la sombra, a quién no he elegido?, ¿quién va a ser capaz de manipularme a mí, con lo inteligente y culto que soy, con todo lo que sé, con lo bien informado que estoy y con una mente tan lúcida e independiente como la que tengo?” La simple idea de llegar a ser manipulado o condicionado la encuentra absurda e inadmisible. Un auténtico insulto a su inteligencia y su dignidad, una ofensa a su ínclita prosapia.

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Pero semejante actitud es justamente su punto débil que hace de él un ser tan manipulable. No hay peligro peor, y en el que uno esté más expuesto a caer, que aquél que se desconoce por completo o no se quiere ver, ni amenaza más grave y más difícil de evitar que aquella de la cual uno se considera por completo inmunizado, convencido de ello sin el menor fundamento y de forma atolondrada, creyendo estar por encima de tal trance o riesgo porque sí, por tu cara bonita, sin más consideración, reflexión ni examen.

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Si observamos la realidad con mirada objetiva y visión penetrante, lúcida y sagaz, no nos queda otro remedio que reconocer como un hecho indudable que casi todas las ideas de las que se nutre nuestra mente, así como las creencias que portamos en el fondo de nuestra psique sin ser planamente conscientes de que las poseemos, nos han sido trasmitidas o impuestas desde niños, habiéndolas recibido del ambiente social sin tener arte ni parte en tal proceso de recepción, aceptación y asimilación de ideas y creencias. Se trata de convicciones, creencias, opiniones y actitudes inducidas: instigadas, impresas o sutilmente conformadas por el poderoso aparato propagandístico al servicio de las ideologías o credos laicos dominantes.

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La mayoría de nuestras creencias y opiniones sobre cualquier asunto –los acontecimientos históricos, las cuestiones sociales, los movimientos y sistemas políticos, la economía, el arte (las tendencias artísticas y el llamado “arte contemporáneo”), la religión (y las diversas religiones), las corrientes ideológicas, la ciencia (lo que pensamos que es o no científico), la técnica (sus ventajas o inconvenientes), la moral y la ética (lo que se debe hacer, lo que es o no es reprobable), nuestros deberes y derechos, el sexo (y los sexos, con su diferenciación y su papel o función en la sociedad), el ser humano, las castas, la cuestión racial, la vida y la muerte, la Humanidad y el Universo–, están inducidas, incitadas o instigadas, cuando no totalmente conformadas o dictadas, por la propaganda, que nos dice lo que hemos de creer, pensar, considerar, aceptar y rechazar en cualquier campo, en lo divino y lo humano. Y nos lo dice de una manera muy sutil, sumamente persuasiva, sin que nos demos cuenta siquiera de ello.

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Pensemos, por ejemplo, en la idea que nos hacemos (o que nos hacen y nos elaboran) sobre de las distintas épocas y etapas históricas (la Edad Media, el Renacimiento, la Ilustración, la Prehistoria, el Imperio romano), sobre acontecimientos históricos de capital importancia (la Reforma protestante, la Revolución francesa, las dos guerras mundiales), sobre un determinado país (su historia, su cultura y sus gentes), sobre las diversas fases de la vida (la infancia, la juventud, la madurez, la vejez). Cabría asimismo mencionar el juicio que nos merecen ciertas profesiones, así como ciertas figuras célebres o muy conocidas (actores, deportistas, escritores), siendo igualmente muy significativo el conocimiento mayor o menor que tenemos de unas o de otras (desconociendo figuras eminentes, mientras oímos hablar a todas horas de personajillos sin la menor importancia). Y podríamos destacar, por último, la idea o creencia que portamos en la mente sobre el progreso y la libertad, la postura que tenemos ante la religión y la espiritualidad, la importancia mayor o menor que damos a la cultura, los criterios morales o éticos que guían nuestro comportamiento y hasta nuestra misma visión de la vida y de la muerte.

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Y si esto es así en cosas que no parecen tener demasiada relación con el campo que directamente y sobre todo interesa a la propaganda, que es el político-ideológico, ¡qué no será cuando entran en juego cuestiones que tienen una importancia vital para el aparato propagandístico, o, mejor dicho, para los grupos ideológicos y los núcleos de poder que lo manejan y controlan! ¿Puede cabernos alguna duda de que nuestras ideas y creencias sobre un determinado movimiento o sistema político-social o político-ideológico (el fascismo, el comunismo, el socialismo, el liberalismo, el capitalismo, la democracia) se hallan condicionadas por lo que desde nuestra infancia se nos ha ido diciendo al respecto?

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Pensemos, para poner otro ejemplo, en la opinión que tenemos de los diversos personajes históricos del siglo XX –Churchill, De Gaulle, Roosevelt, Hitler, Mussolini, Franco, Lenin, Stalin, Castro o Pinochet– y la valoración que nos merece cada uno de ellos. ¿Hay alguien que sinceramente crea que el juicio que hace sobre dichos dirigentes ha surgido de su mente, sin influencia ajena alguna, y lo ha construido con datos, materiales, elementos y criterios construidos por él mismo? ¿No resulta sorprendente que las opiniones y los juicios sean bastante uniformes y unánimes en lo que leemos y oímos en relación con tales personajes, positiva o negativa según de quién se trate?

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Y, para mencionar otro ejemplo paralelo, ¿no nos hemos preguntado por qué un símbolo como la esvástica, elegido por el movimiento nacionalsocialista de Hitler, sea mirado por todo el mundo con horror, siendo sañudamente perseguido y estando prohibido en muchos lugares, mientras que la hoz y el martillo, el emblema del comunismo creado por Lenin, con muchos más millones de muertos y de crímenes a sus espaldas, lo vemos enarbolado con orgullo y ánimo desafiante por partidos y organizaciones legales en todas partes? ¿A nadie llama la atención la unanimidad que existe en torno a estas cuestiones?

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Este es uno de los fenómenos que se observan en la sociedad moderna o postmoderna y llama poderosamente la atención: la propaganda ha conseguido establecer una extraña y anómala unanimidad en asuntos de gran trascendencia con lo que suele designarse como “dictadura de lo políticamente correcto” (que habría que llamar más bien “lo ideológicamente admitido”). Todo el mundo habla de lo mismo y llega a opinar sobre la mayoría de las cuestiones de forma muy semejante aunque tomando posturas diametralmente opuestas (diciendo “sí” donde su rival o enemigo dice “no”, y viceversa; o quizá con más refinamiento, defendiendo un “sí, pero no” donde el otro defiende un “no, pero sí”).

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Como experiencia vital, creo que con harta frecuencia nos habremos encontrado con la situación que describo a continuación. Cuando hablamos o discutimos con alguien (o vemos a otras personas discutir) sobre algún tema álgido, sobre alguna cuestión o problema que la  ideología imperante ha elevado al nivel de dogma o tabú indiscutible e intocable, tenemos la sensación de que, en vez de estar hablando con una persona, lo estamos haciendo en realidad con un aparato receptor y emisor de propaganda, pues el sujeto en cuestión no hace sino repetir los lugares comunes y manejar los esquemas impuestos por la maquinaria propagandística, resultando totalmente inútil intentar que se abra a otros enfoques, otros razonamientos y otras posturas muy distintas e incluso opuestas a las forjadas por la propaganda.

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Dicho sujeto se mostrará encantado con el papel que se le ha asignado de actuar como eco portador y repetidor automático de “la voz de su amo”. Asumirá complacido la función delegada de censor, de gendarme, de inquisidor, de implacable crítico y corrector o de caritativo evangelizador de aquellos que se hallan descarriados, con sus mentes perturbadas o fanatizadas, incapaces de ver y aceptar la verdad indudable, universalmente aceptada, reconocida por todo el mundo, que nos ha sido revelada y trasmitida bien por altas instancias o por ciencia infusa.

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Si lo que decimos no es política o ideológicamente correcto, el individuo en cuestión no tardará en expresar su violento rechazo de aquello que uno ha osado exponer contraviniendo los moldes de la corrección ideológica, lanzando sobre todo ello, sobre la persona y las ideas que tiene ante sí, su radical e inapelable anatema (al igual que hace, de manera insistente, reiterativa, machacona, la propaganda oficial u oficiosa).

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En tales casos, no podemos evitar sentir que tenemos ante nosotros no un alguien, sino un algo: un conjunto de ideas preconcebidas y prefabricadas, una cosa densa e impenetrable, un muro compacto en el que no pueden penetrar las ideas, una dura coraza en la cual las palabras chocan y rebotan sin producir mella alguna. Nos topamos con el bloque gregario, anónimo, impersonal o subpersonal, de lo que “se dice”, lo que “se piensa”, lo que “se lleva” (la moda en el terreno de las ideas, de las opiniones y creencias). Que, por supuesto, es lo que se tiene que pensar, decir y llevar, sin posibilidad de discrepancia o disidencia, so pena de reprimenda, castigo o excomunión.

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Estamos todos inermes e indefensos, como víctimas propicias, ante la enorme fuerza de la propaganda, la gran potencia de nuestro tiempo. Por muy inteligentes, cultos y formados que seamos, nuestro exiguo, débil y limitado poder personal no puede competir con el inmenso poder de la maquinaria propagandística. No resulta nada fácil librarse de sus tentáculos, que nos tienen bien agarrados. Se requiere una gran dosis de disciplina, de fuerza anímica y energía mental, además de una paciente, tenaz, prolongada e intensa labor de formación personal, para contrarrestar sus insidias y sus sibilinos mensajes, para comprobar fehacientemente sus embustes y mentiras, para desmontar sus tergiversaciones y manipulaciones, sus invenciones y sus turbias maniobras.

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Vuelvo a insistir, por su tremenda importancia, en lo que más arriba apuntaba. Somos las serviles marionetas de quienes mueven los hilos de la propaganda, esto es, de quienes ahorman los canales de información y de adoctrinamiento masivo. Nos movemos y agitamos como pobres muñecos sin criterio ni voluntad propios, muñecos que son diestramente manipulados por poderosos e invisibles titiriteros. Somos los tristes polichinelas de un siniestro guiñol en el que se juega de forma alevosa con nuestra vida, con nuestra mente, con nuestra conciencia, con nuestras convicciones, con nuestros gustos, con nuestras emociones y nuestros sentimientos.

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Somos un simple juguete para los manipuladores sin escrúpulos de los medios de comunicación de masas, los llamados “mass media”, esos núcleos anónimos de inmenso poderío que son los reyezuelos, los verdaderos señores y tiranos de la era moderna, los cuales ejercen un poder desconocido en épocas anteriores de la Historia. Funcionamos como autómatas, zombis o seres teledirigidos, incapaces de tomar las riendas de su propia vida y obedientes a las consignas que recibimos.

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 Por mucho que nos desagrade tal realidad, somos, pues, víctimas, marionetas o autómatas manejados por hábiles y poderosos resortes. Y lo somos tanto más cuanto menos nos damos cuenta de ello: no hay nadie más sometido a la tiranía de la propaganda que aquel que no es consciente de tal situación (siendo incapaz de ver hasta qué punto su vida, sus opiniones y juicios, sus deseos y apetencias, sus conocimientos y su manera de pensar vienen dictados por los mensajes propagandísticos que recibe) o, peor aún, quien cree estar libre de tal esclavitud por su cara bonita (sin haber hecho lo más mínimo por liberarse de ella).

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Y ello es así, entre otras cosas, por la pasividad, la actitud borreguil y pastueña, la recepción acrítica de datos e ideas, la supresión del esfuerzo mental y la inercia mansa y obediente que propicia la civilización moderna, así como por la dificultad, o incluso imposibilidad, de conseguir una información completa y veraz –no cocinada en la recámara o trastienda del “Sistema”— sobre cuestiones complejas, intrincadas, delicadas, candentes y capitales (que el “Gran Hermano” juzga de importancia vital para sus intereses y para nuestro bien). Y también, por lo arduo que resulta obtener datos fiables sobre hechos o asuntos que quedan lejos en el tiempo y en el espacio, con el agravante de que la misma propaganda ya se ha ocupado de ocultar tales datos, de taparlos por todos los medios para que no se conozcan, de deformarlos, de enmarañarlos y envolverlos en una cortina de humo y de confusión, cuando no de destruirlos y sepultarlos, como si no hubieran existido, si le es posible (cosa que, por desgracia, ha ocurrido muy a menudo).

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Ya lo hemos dicho, pero hay que volver a repetirlo: cuanto menos conscientes seamos de la influencia que la propaganda ejerce sobre nuestra alma o sobre nuestra mente, mayor será esta influencia. Y más deletérea, tóxica o nociva será también dicha influencia, así como más difícil de corregir, de sanar o de erradicar. Pocas cosas tan dañinas como la inconsciencia. En el vivir de forma inconsciente, irreflexiva, distraída y descuidada está el origen de todos los graves problemas que afectan a nuestra vida anímica y de los que tanto nos solemos quejar.

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Cuanto más nos fiemos de los datos y las interpretaciones que se nos trasmiten, cuanto más ciegamente creamos en lo que leemos en la prensa o en los libros de gran tirada y en lo que nos dicen la radio y la televisión (creyendo sólo en esto), menos posibilidades tendremos de pensar con libertad y de enjuiciar las cosas con veracidad y ecuanimidad. Cuanto más desarmado esté uno intelectual, moral, cultural y espiritualmente, más expuesto estará a que su mente quede aprisionada y triturada por la tenaza propagandística. Los muy sabidos, los listillos y sabelotodo, los que se tienen por muy informados y espabilados, son carne de cañón para el aparato propagandístico.

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Es ciertamente lamentable, además de decepcionante y desagradable, constatar algo semejante. Uno no puede menos de sentirse humillado al tener que reconocer que su mente está totalmente manipulada, dirigida por poderes ajenos y desconocidos que se mueven en la sombra. Resulta tan deprimente, tan humillante y ofensivo dicho panorama, que surge inevitablemente la tentación de rechazar esa verdad. Pero por muy lamentable que sea el admitir tal hecho, mucho más lamentable es el negarse a aceptarlo.

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Nada más deplorable que el rechazar de forma visceral e irracional abrirse a la verdad, a la realidad; el enrocarse en una postura de necia soberbia, con petulancia y engreimiento insensatos, diciéndose para los adentros: “A mí no hay quien me manipule y me engañe. Soy demasiado perspicaz, estoy magníficamente informado y formado, como para que alguien pueda manejarme a su antojo. No hay propaganda alguna, con mi impresionante preparación, que pueda influir en mi poderosa, libre y esclarecida mente, y menos aún que tenga poder para controlarla y manipularla”.

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No nos creamos tan astutos, tan sagaces, tan excelsos y encumbrados, como para declararnos inmunes a los mensajes y consignas de la propaganda. Acaso escapemos a la siniestra y omnipresente zarpa de la propaganda en una u otra zona de nuestra vida mental, gracias a nuestra preparación en determinadas áreas del conocimiento, o gracias tal vez a nuestro estado de alerta con respecto a ciertas zonas de la vida que nos afectan o nos interesan especialmente, pero caeremos de forma inevitable bajo dicha garra propagandística en otras zonas o áreas quizá más decisivas, por encontrarnos ahí más desprevenidos, menos alertas, menos formados o informados.

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La realidad es mucho más compleja de lo que pensamos. Y nuestra propia realidad individual o personal es mucho más vulnerable, influenciable, débil, frágil e indefensa de lo que solemos creer: tiene en sus murallas interiores grietas y boquetes por los que se pueden infiltrar en cualquier momento enemigos, virus e influencias tóxicas que nos van a pasar desapercibidos en más de una ocasión. Y ni que decir tiene que tales grietas, fisuras o hendiduras van a ser agrandadas y oportunamente aprovechadas por los arietes de la propaganda.

50/

No nos engañemos, la maquinaria mediática y propagandística es el resorte que mueve nuestro pensamiento, el mando oculto que regula nuestros mecanismos cerebrales, nuestro sentir y razonar, nuestro pensar y opinar, nuestro desear y decidir. Por eso se puede afirmar que, de hecho, más que pensar, opinar y decidir, somos pensados, opinados y decididos. Alguien o Algo (un poderoso ente impersonal, anónimo) piensa, opina y decide por nosotros, para luego implantarnos e inculcarnos como algo pensado, opinado y decidido por nuestra propia iniciativa ese menú mental que ese Algo o Alguien ha condimentado convenientemente de acuerdo a sus intereses.

51/
Aunque se trata de un aspecto que pasa por completo desapercibido, hay que resaltar el impacto decisivo que ejerce la propaganda en la configuración de la visión del mundo que poseemos, quizá sin percatarnos de ello, y que determina en gran parte nuestras vidas. Esa visión del mundo, o visión global de las cosas, que uno arrastra de forma más bien inconsciente, no sería concebible, en la mayoría de los casos, sin la acción incubadora y moldeadora de la propaganda; y digo “arrastra”, porque más que poseer dicha visión del mundo (que comprende una cierta concepción de la vida, del hombre, de la Historia, de lo humano y lo divino), uno es poseído por ella, se ve arrastrado, transportado, impelido y zarandeado por sus esquemas básicos.

52/

Lo que pensamos, opinamos y decidimos está lejos de ser producto propio y personal, aunque creamos lo contrario: cuanto más lo creamos, menos elaboración propia será; cuanto más convencidos estemos de ser los autores de nuestras ideas, menos lo seremos en verdad. Nos movemos en todo momento en los parámetros y dentro del horizonte o marco mental que fija la propaganda; estamos fatalmente presos en sus redes. Es el ingente aparato propagandístico el que nos proporciona el alimento del que se nutre nuestra mente. De ella recibimos los datos, las informaciones, los comentarios y explicaciones, los juicios de valor que manejamos en nuestra vida diaria, las palabras y los conceptos que usamos, los esquemas mentales básicos mediante los cuales podemos razonar y enjuiciar los hechos; todo ello debidamente fabricado, preparado, matizado, manipulado e interpretado.

53/

Sin ir más lejos, no hay más que ver — para mencionar un ejemplo o detalle que puede juzgarse baladí— cómo en España, en el lenguaje hablado por la mayoría, empezando por los medios de comunicación (y en especial la televisión), la expresión española “dentro de”, tan clara y tan propia de nuestro idioma, empleada para referirse a un período de tiempo futuro visto y a contar desde el instante presente, como algo que va a ocurrir o se va a hacer transcurrido un cierto tiempo (así, por ejemplo, “dentro de dos semanas”), prácticamente ha desaparecido, pues ha ido siendo desplazada por la mucho menos clara “en” (traducción literal del anglosajón in, para decir, por ejemplo, “en cinco minutos”), locución que da lugar a mucha confusión, pues en español tal partícula “en” indica la duración de algo que se hace o se va a hacer, no cuándo se hará (“lo haré en cinco minutos” quiere decir que me llevará tan sólo cinco minutos el realizar la tarea en cuestión, y no que mi intención sea llevarla a cabo cuando hayan pasado cinco minutos).

54/
Así, por ejemplo, cuando un locutor anuncia “en cinco minutos vamos a explicarles la situación económica”, surgen serias dudas de que podamos enterarnos siquiera superficialmente de un tema tan complejo que será expuesto en tan corto espacio de tiempo. Es difícil que alguien pueda llegar a tener una idea clara sobre cualquier asunto con una explicación que va a durar tan sólo cinco minutos. La expresión correcta sería “dentro de cinco minutos” (o “pasados cinco  minutos”). En el extremo opuesto, algo parecido ocurre cuando se informa de que alguien “se casará en siete meses” (y no “dentro de siete meses”). El estarse casando durante tan largo espacio de tiempo, en una boda que dura nada menos que siete meses, debe resultar un suplicio insoportable, peor que el de Sísifo o el de Prometeo por haber desafiado a los dioses. Todo lo cual, como resulta fácil apreciar, supone un evidente empobrecimiento de la lengua.

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55/

He aquí un ilustrativo ejemplo de los efectos y repercusiones sutiles que tiene la acción de los medios de comunicación, aunque en este caso no haya implicaciones ni connotaciones de tipo político o ideológico; pues en el ejemplo que hemos puesto resulta evidente la influencia que han tenido los medios audiovisuales, con el tremendo impacto que tienen hoy día en el público, siendo de lamentar la pésima educación del público que están llevando a cabo desde hace años en lo que se refiere al uso del idioma, así como su nulo respeto o su desprecio a las leyes del lenguaje y del correcto empleo de la lengua (que es precisamente la que los sostiene y da de comer a su profesionales, debiendo estar a su servicio).

56/
Y esto para no hablar de las alteraciones que la ideología izquierdista está introduciendo o intenta introducir en el lenguaje, con sus absurdas y subversivas maniobras de ingeniería social, impulsadas principalmente por los dogmas del igualitarismo, el antirracismo y la “ideología de género”; maniobras manipuladoras que conducen a la creación de una esperpéntica neolengua (nuevas palabras sin sentido, necios malabarismos disparatados con los géneros gramaticales, alteraciones caprichosas en el significado de las palabras, etc.). Y lo que resulta más preocupante de todo esto es que dichas innovaciones y alteraciones irracionales en los usos lingüísticos son asumidas o aceptadas borreguilmente, generalmente de forma inconsciente, incluso por individuos con cierto nivel intelectual y cultural, que además suelen adoptar una actitud combativa y de rechazo frente a los intentos de manipulación por parte de la ideología dominante.

57/

Nobody thinks, but everybody wants to have opinions (“nadie piensa, pero todo el mundo quiere tener opiniones”), sentenciaba Berkeley, uno de los más grandes filósofos en lengua inglesa. Sentencia que habría que corregir, puntualizar o ampliar con otra más actual y realista: nadie se forma, pero todo el mundo se considera perfectamente formado para pensar y actuar de forma libre e independiente, sin sufrir injerencias ni influencias externas. Nadie tiene el menor interés en formarse, instruirse, cultivarse y trabajarse internamente, pero todo bicho viviente cree estar facultado no sólo para emitir opiniones y juzgar sobre lo divino y lo humano, sino también para tomar decisiones que pueden afectar al futuro de su país y de la Humanidad. El individuo narcisista de la moderna sociedad nihilista, llevado por su vanidosa y bobalicona autoestima, está convencido de que lo sabe todo y que no hay nadie que sepa más que él, y por tanto se ve suficientemente preparado para resolver los más graves problemas de la sociedad y del mundo. La ignorancia suele ir ligada a la soberbia, que induce el individuo a sobrevalorar sus capacidades y considerarse experto en los temas más abstrusos. Como enseña el sabio refrán español, “la ignorancia es osada”.

58/

Cuanto más ignorante sea un individuo, más osadía mostrará a la hora de emitir juicios y opiniones, más capacitado se sentirá para discutir sobre las cuestiones más elevadas y sobre las cuales nada sabe ni le interesa saber. Su propia ignorancia le lleva a considerarse un pozo de sabiduría, sintiéndose por tanto no sólo capacitado, sino incluso obligado, a dar lecciones a diestro y siniestro en relación con cualquier asunto.

59/

Esta es la realidad que tiene muy en cuenta la propaganda, siendo a su vez fomentada y cultivada por ella, poniendo por consiguiente el mayor interés y esfuerzo para que esto siga siendo así. De tal situación fáctica, fácilmente comprobable, parte precisamente la ingeniería propagandística para asentar y consolidar su poderío y su influencia. Los anónimos tiranos controladores de la máquina de fabricar ideas, artífices del poderoso aparato para manipular las mentes y las conciencias, habrán hecho suya con toda seguridad esta reflexión: “cuanto mayor sea la ignorancia, la estulticia, el engreimiento, la soberbia y la egolatría que haya en la población, mayor será nuestro poder”

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60/

 La propaganda hace creer al hombre-masa, esto es, al individuo integrado en la gran masa anónima, que él está perfectamente facultado para opinar, dictaminar o decidir sobre cualquier cosa. Que no necesita formarse, que por el mero hecho de ser un individuo libre y soberano, dotado de grandes medios técnicos, ya tiene toda la formación que necesita. ¡Quién le va a decir a él lo que debe pensar y opinar sobre cualquier cosa! Y la propaganda le convence, al mismo tiempo, de que eso que él (o ella), piensa, opina o elucubra, se le ha ocurrido a él (o ella), ha surgido libre y creativamente de su caletre. Es decir, que esas ideas, esos criterios, esos juicios o esa manera de ver las cosas que la propaganda le ha sugerido, le ha inculcado o ha impreso en su mente, han sido en realidad libre e ingeniosa creación suya. Y se sentirá sumamente orgulloso de tal proeza intelectual y creativa.

61/

La propaganda nos convence de que no necesitamos de nada ni de nadie para opinar, enjuiciar y sentenciar a diestro y siniestro, sea cual sea el asunto del que se trate (histórico, político, social, cultural, filosófico, religioso o espiritual). Despierta, fomenta y cultiva en todos y cada uno de nosotros la certeza, la firme convicción y la total seguridad, de que ya somos sabios por naturaleza y estamos iluminados por ciencia infusa (esa ciencia infusa que la misma propaganda nos ha trasmitido y ha impreso en nuestras mentes) y que, por consiguiente, no tenemos ninguna necesidad de de formarnos, de cultivarnos con esfuerzo y tesón, de reflexionar y meditar, de aumentar o mejorar nuestros conocimientos. Podemos prescindir de cualquier autoridad que nos guíe, nos oriente y nos ayude a tener una visión profunda, objetiva, cabal y ecuánime de las cosas.

62/

A esto se añade que actualmente, con los enormes avances experimentados cada día en las técnicas y los medios audiovisuales (teléfono móvil, tabletas, videojuegos, internet, chats, juegos y apuestas on line, mensajes publicitarios o de otro tipo en las redes sociales, etc.), que se han hecho invasores por completo de la vida, los individuos se están volviendo cada vez más superficiales, más distraídos y dispersos, haciéndose por consiguiente más vulnerables a los manejos de la propaganda, hasta la más burda (así como a otras muchas cosas). El porvenir no resulta muy halagüeño a este respecto.

* * * *

63/

La propaganda nos informa, forma, conforma, reforma y deforma. Es ella la que, canalizando el material informativo y formativo previamente seleccionado, determina el contenido de nuestra mente, dictando en definitiva lo que podemos o debemos saber, lo que podemos o debemos pensar, lo que podemos o debemos recordar, lo que tenemos que ignorar y olvidar (como decía Orwell, “olvidar todo hecho que no convenga recordar”). Nos dicta también lo que nos debe gustar y disgustar, lo que nos debe complacer o irritar, lo que podemos tolerar y lo que debemos repudiar y combatir.

64/

Nos dicta e indica igualmente a quién debemos admirar y a quién debemos odiar. Y nos lo indica o dicta, todo ello, unas veces de manera abierta y clara, y otras veces de forma subliminal, sin que nos percatemos de ello, pero siempre con una hechura sumamente persuasiva, convincente y seductora; tan persuasiva, convincente y seductora que no podemos resistirnos a su impacto, a su consejo, a su halago y a su caricia. Aunque de hecho, en el fondo y en verdad, todos sus mensajes nos los inculca de manera imperativa, coactiva, conminatoria, sin posibilidad de crítica, duda, abstención, oposición o réplica.

65/
Los medios de comunicación de masas no sólo nos informan, nos trasmiten datos y conocimientos, nos divierten y entretienen, sino que también nos adoctrinan. Nos instruyen y nos aleccionan sin cesar. Nos adoctrinan incluso cuando nos ofrecen distensión, diversión, distracción y entretenimiento (basta recordar los mensajes contenidos en muchas películas y series televisivas). Nos pastorean y conducen como el pastor o el porquero conducen a su rebaño y su piara. Nos tratan como si fuéramos su ganado particular, manso o indócil según los casos, al que hay que educar, corregir y moralizar sin descanso, llevándole adonde pueda encontrar buenos pastos, esos pastos cuidadosamente seleccionados que nutrirán bien su mente y  lo harán dócil, sumiso, moldeable, contento y satisfecho con el bienestar que generosamente se le proporciona.

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Nos formatean el alma, nos programan o reprograman la mente, nos impregnan la conciencia con directrices de presunta moralidad, nos dicen lo que está bien y lo que está mal, nos lavan el cerebro y el carácter. Esta labor de adoctrinamiento es fundamental para la acción propagandística. Sin ella no se entendería la propaganda. Es su misión esencial y la lleva a cabo con fervor digno de mejor causa, nos plazca o no. Se trata de algo, como decíamos, que no existía en las tiranías y formas de opresión de otras épocas, y que se ha hecho posible gracias a los gigantescos medios que proporciona la técnica moderna.

67/

Nunca se podrá enaltecer suficientemente la gran labor de la industria y maquinaría propagandísticas. La propaganda se encarga de pensar por nosotros; siempre, claro está, por nuestro bien, para así ahorrarnos molestias innecesarias y eludir algunos peligros que pudieran acechar en el horizonte. Siguiendo la persuasiva y convincente voz de la propaganda nos evitamos males mayores. En realidad, la propaganda es un “benéfico” corsé de hierro para librarnos de “la funesta manía de pensar”.

68/

Pero la propaganda no se limita a suministrarnos el nutrimento mental que necesitamos, dándonos con gran generosidad, a manos llenas, las cosas con las que llenamos nuestra mente y con las que la amueblamos mejor o peor –cosas que son, por supuesto, las que sus controladores deciden, las que a ellos les conviene–, sino que, además, nos traza los canales o cauces por los que puede o debe discurrir nuestro pensamiento. Nos indica el camino por el que han de encaminarse los pasos de nuestra andadura mental: dentro de ese camino previamente trazado podremos elegir entre una cosa u otra, opinar esto o aquello, pero sin salir nunca del camino o el marco trazado. Es decir, sin que nos desmandemos ni nos desviemos en ningún momento del sendero correcto, manteniéndonos siempre dentro de las opciones admisibles o tolerables.

69/
La benévola y benigna propaganda, al servicio siempre de la ideología dominante, nos marca en todo momento la pauta a seguir y nos señala por dónde han de ir nuestras opiniones y reacciones, nuestros juicios, sentimientos y razonamientos. Y no tolerará de ningún modo que nadie se aparte de los cauces permitidos, que tenga la osadía de poner en duda sus consignas, esquemas y presupuestos básicos. Nadie está autorizado a salirse de la ruta previamente trazada. La propaganda y el sistema que la maneja y sostiene (siendo a su vez sostenido por ella) no aman, soportan ni toleran a los disidentes.

70/

Quien se atreva a salirse de los cauces trazados por la propaganda, trate de romper sus sutiles cadenas mentales o de desmontar sus mentiras y patrañas, acaba siendo castigado de forma implacable. Entre otras cosas, se verá atacado, desprestigiado, ridiculizado, vilipendiado y escarnecido por los terminales propagandísticos, en lo que acaba convirtiéndose en una condena a la muerte civil, pues nadie querrá tener tratos con un individuo que carga con tan mala fama. He aquí una de las razones que explican que haya tan pocos intentos de rebelarse contra la brutal dictadura de la propaganda, del lenguaje “ideológicamente correcto” y del “pensamiento único”.

71/
Pero la persecución de los disidentes e insumisos a las directrices propagandísticas no termina aquí, no se detiene en las campañas de difamación y el ostracismo generado por dichas campañas. No son pocos los lugares, incluso en naciones que presumen de sus libertades y su exquisito y avanzado sistema democrático, en los que existen leyes que prohíben criticar o poner en duda las “verdades” pergeñadas, enarboladas y difundidas por la maquinaría propagandística. Dichas leyes ordenan buscar, investigar y perseguir a todo aquel, sea grupo o individuo, que ose tamaña tropelía.

72/

Quienes intenten oponerse a la labor salvífica de la propaganda, expresando, difundiendo o defendiendo ideas no sólo contrarias, sino discrepantes, distintas o diferentes, a las impuestas por la propaganda pueden llegar incluso a ser considerados delincuentes y verse condenados a duras penas de prisión, como actualmente ocurre de hecho en numerosos países.

En algunos casos, como ocurría en la Unión Soviética, el rebelde (o  disidente contumaz) podría ser tratado como un demente o enfermo mental, siendo internado en un sanatorio psiquiátrico para su sanación y reeducación.

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* * * *

73/

Liberarse de la sofocante tela de araña tejida por la propaganda –cosa, por otra parte, rara, atípica y poco corriente, por ser tarea ardua y difícil, ya que requiere no sólo valentía, sino también un considerable y continuado esfuerzo intelectual– es una simple cuestión de higiene mental. La propaganda además de difundir e implantar como dogmas incuestionables ideas anticientíficas o antifilosóficas, carentes por completo de fundamento, impone una visión de la vida, del hombre, de la sociedad y de la Historia, que es contraria a nuestra cultura milenaria y a las enseñanzas de la Sabiduría universal.

74/
Hay que lograr que nuestra vida se asiente en una visión del mundo que sea completamente independiente de la acción propagandística, que no esté influenciada, condicionada ni mediatizada por ella. Una visión integral y bien fundada, holística y profundamente realista, que sólo puede ser la cosmovisión sagrada.

75/

No podremos ser libres ni construirnos como personas y actuar de manera madura y responsable, mientras no nos hayamos liberado de esa alienante y opresiva tutela. El primer paso es, por supuesto, tomar conciencia de que estamos a merced de las sibilinas maniobras de la propaganda. No será posible avanzar mientras no hayamos reconocido que nuestra mente se halla infiltrada por los mensajes tóxicos y contaminantes de esa tremenda maquinaria satánica cuyos tentáculos nos tienen aprisionados en más de un aspecto y en numerosas parcelas de nuestro existir cotidiano.

76/

Ante todo se impone una actitud de alerta y de vigilancia. La postura del guerrero o vigía despierto, dispuesto a dar la voz de alarma para preservar la libertad de la ciudad cuya protección tiene encomendada, presto a detectar cualquier movimiento o susurro que delate la presencia del enemigo, el cual se halla siempre al acecho y nunca descansa, maquinando en todo momento nuevas tretas y nuevas trampas en las que atraparnos por habernos cogido desprevenidos. Y luego hay que tener valentía para rechazar la manipulación a que se nos quiere someter continuamente. Hay que ser perseverante y mantener con firmeza la postura de no aceptación de los señuelos, las engañosas seducciones, los taimados engaños, las burdas trampas y las maniobras torticeras del aparato propagandístico. Hay que atreverse a salir de los caminos trillados e ir contra corriente cuando esto se haga necesario.

77/

No debemos confiar lo más mínimo en los mensajes que nos trasmiten los medios de comunicación, manipulación y adoctrinamiento de masas, por muy sólidos, bien fundados y bienintencionados que parezcan. Aunque los aceptemos de forma tan dócil y acrítica como solemos hacer de ordinario, los montajes de la propaganda son una ofensa a nuestra dignidad y un insulto a nuestra inteligencia. La propaganda nos trata como estúpidos, y en estúpidos nos convertimos, en efecto, obedeciendo y asimilando de forma acríticas sus mensajes, siguiendo mansurrona y borreguilmente sus consignas.

78/
Creatura idiotizada, cretinizada, teledirigida, vulgar, banal y pueril, sin criterio ni fuste personal, deviene cualquiera que se preste a seguir las directrices de la propaganda, a fuerza de ingerir sus bien aderezadas y abundantes raciones de pienso mental. Pese a su acción sedante, idiotizante y adormecedora, aparentemente tan útil y benéfica –pues, con la uniformidad que instaura en la manera de pensar y de sentir, propicia la tranquilidad social y el amansamiento o amaestramiento de los instintos díscolos de los ciudadanos–, la propaganda no hace otra cosa que llenar el ambiente de basura contaminante, de inmundicia emponzoñada y deshechos de fuerte impacto tóxico. Quien la absorba de manera acrítica, ya sabe con qué tipo de alimento está nutriendo su mente y su alma.

79/

En aras de la libertad y la dignidad de la persona humana, así como por el bien del cuerpo social y de su concordia y estabilidad, se impone deshacer con carácter de urgencia la obra de intoxicación y de manipulación, de envenenamiento del alma, de lavado de cerebro y lavado del carácter, llevada a cabo por la poderosa y eficaz maquinaria propagandística que  opera al servicio de las ideologías dominantes (cualesquiera que sean su signo o color) y que afecta a todos los ámbitos de la vida. Hay que poner el máximo esfuerzo en romper los tabúes y dogmas oficiales que nos son impuestos a todas horas de manera tan subrepticia como paralizante.

p.13

80/
Objetivo fundamental para cualquier iniciativa intelectual o cultural que pretenda superar el desorden, la decadencia y la grave crisis en que se halla sumido Occidente ha de ser, por tanto, la liberación de la opresiva y siniestra tenaza a que nos tiene sometidos la propaganda; y para ello es indispensable mostrar el camino de honradez intelectual, de amor a la verdad, de responsabilidad, de ecuanimidad, de imparcialidad y objetividad, de rigor y disciplina mental que nos ayudará a desprendernos da tan pesada losa.

81/

No se trata de oponerse a la propaganda que actualmente sufrimos montando una propaganda contraria que combata y desplace a la que ahora nos atenaza y oprime. Se trata de superar el aberrante, tendencioso y pernicioso enfoque propagandístico con todos sus vicios y lastres negativos. Se trata de eliminar la intoxicación que genera cualquier forma de propaganda.

82/

Hay que liberarse no de esta o de aquella propaganda, de la propaganda que lleva tal matiz particularmente hostil o desagradable para nosotros porque preferiríamos otra distinta, sino de cualquier forma de propaganda, sea de la ideología, del signo o del color que sea. No caigamos en el error de construir una nueva forma de propaganda, deformadora de la realidad y por tanto corruptora y envilecedora, para oponernos a la propaganda dominante en la actualidad o en unas determinadas circunstancias.

83/

No podemos permitir que en nosotros mismos surja y se imponga una mente ideologizada y propagandística. No debemos crearnos (ni tampoco creernos) nuestra propia propaganda, construida a base de tomar de aquí y de allá, con mentalidad egocéntrica, partidista, sectaria o fanática, los elementos que más convengan a nuestro ego. Ante todo tenemos que liberarnos de la tendencia innata a forjar esa falsa autopropaganda, que nos engaña sobre nuestra propia realidad personal, para luego engañar a los demás tratando de trasmitirla o imponerla en el ambiente en el que vivimos y nos movemos.

84/

Pocas cosas tan necesarias y tan urgentes como este desprenderse de la tiranía propagandística y superar sus agobiantes condicionamientos. He aquí un imperativo intelectual, moral y espiritual de primer orden en nuestros días: hacer todo lo posible por liberar a nuestros contemporáneos, a los individuos y a la sociedad, de la presión asfixiante que sobre ellos ejerce la propaganda, auténtica maldición de nuestro tiempo.

Antonio Medrano Espárrago

SEPTIEMBRE 2019

p. 14

FUENTE:

http://antoniomedrano.net/web/wp-content/uploads/2019/08/Medrano-Antonio-Propaganda-maldicion-demoniaca.pdf

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ZONA MILITAR

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Semana Santa 2019… y otras canciones

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SOY DEL SUR… y SEMANA SANTA 2019

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Manifestación nacional en Plaza de Colon, Madrid 10 feb 2019

 

 

 

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Gina Lollobrigida estuvo casada con Miklo Skofic (1949-1971)…

Gina Lollobrigida
Ivo Lollobrigida sw.jpg

Lollobrigida en los años 60.
Información personal
Nombre de nacimiento Luigina Lollobrigida
Otros nombres La Lollo
Nacimiento 4 de julio de 1927 (91 años)
Bandera de Italia SubiacoItalia
Nacionalidad Italiana
Características físicas
Altura 1,58 m.
Cabello Marrón Ver y modificar los datos en Wikidata
Familia
Cónyuge Milko Škofič (1949-1971)
Hijos Milko Škofič, Jr. (n. en 1957)
Información profesional
Ocupación Actrizreportera gráficaescultora
Años activa 1946-1997
Año de debut 1946
Año de retiro 1997
Web
Sitio web

Gina Lollobrigida, nacida como Luigia o Luigina Lollobrigida (SubiacoLacio4 de julio de 1927) es una actriz italiana de cine. En 1949 se casó con un médico esloveno llamado Milko Škofič. Con él tendría un hijo: Andrea Milko1​ (Milko Škofič Jr.), pero la pareja terminó divorciándose en 1971.2

https://es.wikipedia.org/wiki/Gina_Lollobrigida


Gina Llollobrígida en 1949 se había casado con Milko Skofic, un médico esloveno siete años mayor que ella, que se convirtió en su mánager y con el que tuvo un hijo, Andrea Milko Skofic, nacido en 1957.

“Cuando el divorcio se legalizó en Italia, fui una de las primeras en pedirlo”. Eso sucedió en 1971. 

En 1984, en una fiesta celebrada en Mónaco (donde tiene permiso de residencia y posee una villa) Gina conoció a Javier Rigau y Rafols, un alto y encantador español con quien inició una historia “de amor”. “Yo tenía 23 años y ella 57, que me parece la diferencia de edad perfecta entre un hombre y una mujer”, declaró Rigau a The Mail on Sunday a principios de 2013. En 2006, la pareja hizo pública su relación y anunció su inminente boda.

“Voy a llamar a mi asistente —dice Gina cuando surge una cuestión logística en el transcurso de nuestra entrevista—. ¡Andrea!”, exclama.

En un abrir y cerrar de ojos, aparece la persona que claramente despierta las suspicacias de Skofic y Rigau: Andrea Piazzolla, un tipo guapo de cabello negro y ondulado, que lleva un apretado polo de color verde oscuro y unos vaqueros ceñidos. El joven contesta enseguida a la pregunta de Lollobrigida y después desaparece.

La actriz conoce a Piazzolla, que se ha convertido en su representante “desde hace más de cinco años”. ¿Cómo surgió el encuentro entre ambos? “Él tenía un tío que trabajaba para el rey de Abu Dabi —relata—. Andrea me ayudó a montar una exposición de mis esculturas que yo estaba organizando en Catar”. Da la impresión de que en los últimos años Piazzolla se le ha hecho indispensable, lo que ha suscitado las inevitables conjeturas sobre la naturaleza de su relación. Cuando le pregunto si viven un romance, Lollobrigida parece negarlo: “¡Nos llevamos muchísimos años !”, contesta con una carcajada.

Sobre Piazzolla: “Andrea tiene la capacidad de percibir si una persona es sincera o no; intuye si hay algo malo en una situación. Es muy honesto e inteligente, la mejor persona que he conocido en mi vida hasta ahora. Me ha ayudado más que nadie ”.

https://www.revistavanityfair.es/la-revista/articulos/gina-lollobrigida-javier-rigau-me-cargare-a-ese-hijo-de-puta/22061

 

Sofía Loren (*1934) y Gina Llollobrígida (*1927) en 1954

La actriz con el Papa, Pablo VI, en 1967. (Getty)

EFE 19.10.2006 – 18:05H

Llevan juntos 22 años. Se conocieron en Montecarlo en 1984.

El anuncio de boda de la actriz italiana Gina Lollobrigida, de 79 años, con el empresario español Javier Rigau, de 45 años, es el asunto más destacado de esta semana para “¡Hola!”. Con un amplio reportaje fotográfico de la pareja en la residencia romana de la que fuera mito del cine de los 50 y 60, “¡Hola!” publica una entrevista en la que aseguran que “iniciaron su relación hace veintidós años y la han mantenido hasta el día de hoy en secreto”. La actriz ha hecho hincapié en que su relación no es algo reciente, sino que que llevan unidos sentimentalmente más de dos décadas. Además, Lollobrígida asegura que, aunque conoció desde muy joven la pasión, no supo cuál era el significado del amor hasta que conoció a Javier.

Ver más en: https://www.20minutos.es/noticia/164119/0/gina/lollobrigida/boda/#xtor=AD-15&xts=467263

Gina Lollobrigida y el empresario Javier Rigau mantuvieron una relación sentimental entre los años 2006 y 2007 y en octubre de 2006 la intérprete italiana anunció su boda, aunque tras varios meses decidió suspenderla.Finalmente contrajeron matrimonio el 29 de noviembre de 2010 en la iglesia de San Vicente del barrio barcelonés de Sarrià, pero fue una ceremonia en la que no participó la actriz, sino que se celebró mediante un poder especial firmado por ella ante notario.

https://elpais.com/elpais/2017/03/24/gente/1490369707_832845.html

La actriz, recibiendo su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood el año 2018. (Getty)

Gina, nacida en 1927, tiene 91 años…

https://www.vanitatis.elconfidencial.com/celebrities/2019-01-25/gina-lollobrigida-anulacion-matrimonio-rigau_1782662/

Gina y Javier Rigau


El Papa anula el matrimonio de Gina Lollobrigida y Javier Rigau

Después de una larga batalla judicial, ahora se baja el telón porque el Tribunal de la Rota Romana ha anulado el matrimonio, considerando que «el vínculo no ha existido». La musa del cine italiano, que compartió su época dorada con Sophia Loren Claudia Cardinale, se ha sentido rejuvenecida y entusiasmada al recibir la información del alto tribunal eclesiástico de la Santa Sede, hasta el punto de exclamar: «Soy nuevamente una señorita».

https://www.abc.es/estilo/gente/abci-papa-anula-matrimonio-gina-lollobrigida-y-javier-rigau-201901260318_noticia.html

El Papa Francisco anula el matrimonio de Gina Lollobrigida con Javier Rigau

 

https://informalia.eleconomista.es/informalia/actualidad/noticias/9658204/01/19/El-Papa-Francisco-anula-el-matrimonio-de-Gina-Lollobrigida-con-Javier-Rigau.html


Javier Rigau responde a Lollobrigida: “Sus primeras palabras fueron ‘Vamos a follar”

Al principio, lo nuestro era pasión, después llegó el amor, según dijo ella misma en esa exclusiva. Aunque nosotros siempre hemos hablado en francés, las primeras palabras que me enseñó cuando yo era muy jovencito en italiano fueron: “Siamo in sieme (estemos juntos)”. “Andiamo a scopare” (Vamos a follar). Si digo la edad que ella tenía cuando se iba a la cama conmigo, no la dejaría bien”.

https://www.vanitatis.elconfidencial.com/noticias/2016-02-06/javier-rigau-responde-a-lollobrigida-me-dijo-vamos-a-follar_1146524/

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el pacto global de migración

 

 

 

 

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